Asesinato sin querer

 en Jorge Valencia Munguía

Jorge Valencia*

Victoria Esperanza Salazar fue asesinada sin querer. Según la necropsia, la muerte se debió la fractura de una vértebra, lesión que ocurrió cuando los policías de Tulum la sometieron, luego de recibir una denuncia. Sus últimas imágenes con vida la muestran adentro de un Oxxo balbuceando incoherencias, antes de ser aprehendida y privada de la vida por los policías.
La naturalidad de la violencia llevó a presentar las imágenes en el horario estelar de los noticiarios televisivos. Ni siquiera se trata de una nota roja sino de un hecho cotidiano que se liga a la impericia de los oficiales de la ley.
En los mismos noticiarios se muestran otros asesinatos perpetrados por el crimen organizado. La diferencia entre uno y otros radica en la prontitud para atender la denuncia contra la salvadoreña y la presteza para inmovilizarla, pese a que ya la tenían en el piso y con las manos atrás, esposadas. La noticia concluye cuando el cuerpo sin vida es echado en la caja de la patrulla, como un bulto.
El dilema civil consiste en decidir a quién acudir ante una emergencia: a la policía o a nadie.
Los mexicanos padecemos una desconfianza aprendida ante la prepotencia de la autoridad y la ineficiencia de sus representantes. Hacen lo que pueden, es cierto. Pero con una pistola.
Derechos Humanos denunció el acto perpetrado hacia Victoria Esperanza. La Secretaría de Gobernación ofreció la reparación del daño y el deslinde de la responsabilidad, como un acto paliativo. El Presidente de El Salvador ofreció atender a las hijas que le sobreviven a Victoria Esperanza.
La coerción policial obliga una capacitación rigurosa para el ejercicio de la fuerza, así como una capacidad para discernir cuándo y sobre quién ejercerla. La duda obligada consiste en valorar si nuestros policías ganan lo suficiente, si reciben la instrucción apropiada y si su profesión goza del respeto propio y ajeno que les atribuye el mérito social suficiente para representar una solución para la paz, no una amenaza. Lo acontecido a Victoria Esperanza demuestra que no.
En otros países la figura del policía está sujeta a la admiración y el respeto; en el nuestro, sufre la connotación de la corrupción y el miedo. La descomposición de nuestra sociedad incluye a todos y a todas las actividades públicas. Si la vida de una salvadoreña con estatus de refugiada permite replantear y enmendar una parte de nuestras estructuras, su tragedia no será inútil.

*Director académico del Colegio SuBiré. jvalenci@subire.mx

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