Árboles

 en Jorge Valencia Munguía

Jorge Valencia*

Los árboles cuentan historias a través de sus ramas. Torcidas o enhiestas, tronchadas o libres refieren anécdotas de pájaros y de hombres. De columpios, de leña y a veces, maldad. Algunos muestran corazones a navaja cuyo amor dura más que aquellos que refiere su corteza. Por eso viven cien años, si la lluvia es suficiente y la ciudad los deja en paz.
Los árboles regalan sombra. Tardes de ocio bajo un viento fresco y silbante. Algunos sólo se yerguen para marcar las horas bajo el tránsito del sol.
Hay árboles exuberantes de follaje tupido que ofrecen condominios para criaturas difusas. Otros son escuetos, de varas lastimosas y carencias hastiadas. Como anunciantes de ausencias y miserias.
Los árboles anuncian la navidad, colgados de esferas y focos excesivos. Huelen al bosque del que han sido arrancados. A lluvia que tuvieron y a tierra que extrañan. A savia y bichos.
Unos simbolizan países, como el cedro libanés o el maple de Canadá. Algunos son gigantes y tocan las nubes. Otros, enanos, sometidos a los caprichos de hortelanos y jardineros.
A veces protagonizan canciones. Alberto Cortez relata una vida ligada a un árbol. Árbol quieto que siempre tolera la ingratitud.
Hay árboles generosos que dan frutos dulces. Otros se secan, muertos de pie, con la dignidad de una historia secreta.
Algunos sirvieron para colgar personas, para amarrar perros, para disimular costumbres. De casi casi todos se admiten sillas, puertas, cunas, durmientes, casas, pianos… porque los árboles cantan, descansan, arrullan, protegen, abren y cierran, conducen. Abrasan cuando el frío y refrescan en el calor.
“Al que al buen árbol se arrima…”, dicen los viejos, “del árbol caído…” Y otras enseñanzas de los árboles pedagógicos.
Lo natural es que vivan más que nosotros. Hecho que demuestra que la quietud es longeva. Palpitan y prefieren los sonidos placenteros. Apetecen la compañía y abrazan los hogares cálidos. Si no les gusta el sitio donde los plantan, se tuercen y distancian hacia la lugares contrarios.
Sus raíces tienen el tamaño de su follaje. Rascan la tierra y se arraigan con la persistencia de una convicción.
Los árboles son libros abiertos que escriben textos. Refieren la noche y el tiempo. Dicen cosas que sólo escuchan los poetas, los perros perdidos, los niños, los pájaros cuando vuelven para dormir.
En cada árbol existe una verdad cifrada. Una certeza encerrada en una insinuación.

*Director académico del Colegio SuBiré. jvalenci@subire.mx

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