Aprender para educarse
Miguel Bazdresch Parada*
Con mucha frecuencia se asocia la tarea de aprender con el trabajo de educar. A los profesores también se les nombra educadores. Y a los alumnos como aprendices. Así, los profesores educan a los alumnos para que aprendan. ¿Y los profesores no aprenden algo más? ¿Y los aprendices no educan a otros mayores o iguales?
La realidad es diferente. El educador en muchos ratos aprende; a veces, hasta con resistencia, acepta que “estoy aprendiendo” de mis alumnos. Y los estudiantes, alumnos, de pronto ayudan a la educación de otros aprendices más novatos o con menos luces para algunos rubros de la educación obligatoria.
Aprender es un verbo, una acción, la cual puede dirigirse a un objeto o a uno o varios objetos y sujetos y sus características, precisamente para caracterizarlos. Algunas características son evidentes a los sentidos; por ejemplo, el color de un objeto o de la piel o los ojos o el pelo de un sujeto, hombre, mujer o niño/a. En otros aspectos hace falta, además de la vista, otros recursos de las personas juntos en ese saco que llamamos “relaciones”. El aprendiz aprende que el sujeto llamado maestro es buena persona por los actos y acciones que le toca vivir cuando está en relación con él. El educador se da cuenta (una forma de usar el aprendizaje) de que un estudiante es buena persona cuando, independientemente del lugar donde coincidan, el estudiante lo saluda, lo escucha y le puede comentar sus aprendizajes posteriores a esos momentos que llamamos “clases”. El comentario puede ser relacionado con un saber, o con una aplicación de aprendizaje a una realidad vivida.
La educación en su forma más acabada, en la cual podemos llamar “resultado” educativo, es la aplicación de los aprendizajes, sobre todo con el motivo de ampliar esos aprendizajes y aprender más. Ampliación cuya manifestación principal es la búsqueda de respuestas a nuevas preguntas, las cuales van más allá de aquellas usadas en la educación formal para aprender ciertas ciencias, métodos y características del mundo en el cual vivimos.
Esta aplicación más acabada, que llamamos educación, es en verdad el dominio de los aprendizajes logrados durante lo sucedido en el sinnúmero de ocasiones en las cuales estoy en relación, conmigo mismo, con otros y otras personas y sus palabras y pensamientos, sentimientos y saberes así expresados, con los cuales mi cerebro y mi ser todo se mueve y crece.
Aprendo de una persona si estoy educado para escuchar sus palabras y su contenido; para respetarlo y, a veces, hacerlo mío, a veces para expresar mi distancia conceptual; aprendo de las experiencias compartidas, pues estoy educado para ubicar en tiempo, lugar y momentos lo compartido, y asociarlo a mi estimación, o dejarlo pasar, pues me resulta irrelevante por el momento.
Aprendo cuando paso de la escucha y la consideración de su relación conmigo, al preguntarme por su calidad de conocimiento o sólo de pensamientos personales del hablante maestro o colega. Conocer es el siguiente paso en la escalera de la vida. Aprendemos, nos educamos, conocemos… ¿Eso es vida?
Del conocimiento surge la acción y la acción responsable y comprometida. El conocimiento tiene su base en el aprender. Podemos aprender, por ejemplo, la geografía fundamental de mi país, o de la región en la cual vivo. Acudo a quien ya la conoce para que me oriente en cómo conozco detalles y características, es decir, aprendo de quien ya sabe. Con ese aprendizaje puedo decidir viajar por ese territorio y visitar lugares, poblaciones, eventos conmemorativos, deportivos, políticos e históricos. Es decir, me pongo en contacto con los hechos y sucesos, hablo con las personas de los lugares, registro las decisiones de los gobiernos y enfoco mi aprendizaje en un área del saber: historia, política, desarrollo y crecimiento, satisfacción de necesidades básicas, recursos económicos, etcétera. Así, puedo decir que poseo un cierto conocimiento de esa región a la cual decidí conocer, lo cual logré haciendo uso de mis aprendizajes sobre la geografía en general, y al aplicarlos a la realidad y a quien la habita, sufre y goza.
¿Basta con llegar al conocimiento para estar verdaderamente educados? Los conocedores dicen “no”. El conocimiento nos ha de llevar a la valoración y de ahí a la decisión o decisiones. Dicho de manera MUY simplista, el conocimiento nos da los datos: Qué, quién, cómo, cuándo, etapas, tiempos, espacios, sucesos, personas, grupos, decisiones, poder y poderosos, trabajo y trabajadores, eméritos y méritos… y más. Con estos datos podemos hacer la pregunta: ¿Cuál o cuáles son los valores de este lugar y sus constitutivos de vida, lugar y proceso? ¿La lucha por mantenerse? ¿La lucha por crecer y desarrollarse? ¿La expansión de instituciones y su aporte a la vida económica? ¿Los hombres y mujeres que supieron cómo hacer un lugar de todos, sin exclusiones? ¿La riqueza en pesos y centavos de la población? ¿Podrán trascender, con libertad, justicia y responsabilidad?
Con éstas o las preguntas lógicas con el proceso de cada quien, logramos darle un valor a lo aprendido y ahora valorado pues nos ofrece la posibilidad de tomar decisiones. ¿Sigo con esta búsqueda o cierro y empiezo con otra? ¿Me detengo para profundizar? Si ya he valorado el conocimiento surgido de lo aprendido puedo decidir qué hacer conmigo en relación con este proceso. Ya aprendí, ya conocí, ya valoré ahora ¿qué decisión tomo con todo ese proceso vivido?
Aquí termina la educación y comienza la Vida.
*Doctor en Filosofía de la Educación. Profesor emérito del Instituto Superior de Estudios Superiores de Occidente (ITESO). mbazdres@iteso.mx