Antifumadores

 en Jorge Valencia Munguía

Jorge Valencia*

Quienes no fuman, celebran con alegría fascista la nueva ley antitabaco que condena a los consumidores de este producto a practicar su vicio en calidad de proscritos. No obstante que fumar no represente un delito, la moral aplicada a terceros cobra el espíritu del viejo dicho “que se haga la voluntad en los bueyes de mi compadre”: la salud para los otros a costa de lo que sea. Equivale a la práctica de la eutanasia con el argumento de la misericordia, pese a la oposición del destinatario.
El “aire de los tiempos”, como lo denominan los franceses, tiende a la intransigencia. Sea ésta sanitaria, de género o alimentaria. “El fin justifica los medios” en un mundo donde el mercado de la carne suele implementar criterios flexibles para el sacrificio de las reses. Precisamente, en un país donde se compran títulos y la violencia alcanza niveles superiores al de algunos países en guerra. Donde nuestros periodistas practican el oficio más peligroso del mundo, el gobierno prioriza el ataque a los fumadores.
¿Por qué un gobierno de izquierda –donde la higiene es burguesa– tiene tanta prisa en decretar una ley semejante?
Como guía especulativa, la sospecha mexicana apunta a un interés político. ¿Cuál? En el terreno de la especulación, caben los postulados de Heidegger lo mismo que una teoría de la conspiración. Lo difícil está en demostrarlo.
Por lo pronto, los fumadores están condenados a fumar a solas. En su casa.
Parece una puerta abierta para limitar la libertad de cualquiera, siempre que obedezca a la voluntad mayoritaria. En este terreno, el color de la piel o la creencia religiosa corre la misma suerte. La historia demuestra que, bajo el argumento del bien común, los gobiernos totalitarios han practicado toda clase de excesos.
Como provocador de enfermedades a los otros, el humo del tabaco merece restricciones. El alcohol, en cambio, se vende a granel. La mariguana se anuncia en una variedad de productos que resultan suspicaces por cumplir el mismo efecto que la ley antitabaco intenta evitar. En los partidos de futbol los cronistas anuncian el “mariguanol” con un efecto de Clavillazo.
Llegará el momento en que ser feo resulte una agresión visual. O cantar desafinado cause una sanción administrativa.
En un estado como el nuestro donde la quinta parte de las familias sufre una desaparición forzada por causa de la violencia, enfocar la ira pública sobre los fumadores resulta una intolerancia que raya en un fanatismo tan salubre como infecundo.
Los fumadores dejarán de hacerlo por presión social. El crimen merece una apología. Y la emisión de las leyes obliga una explicación metafísica. El mejor remedio antitabaco sigue siendo el escapulario.

*Director académico del Colegio SuBiré. jvalenci@subire.mx

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