Yo no me llamo Javier

Jorge Valencia*

Javier es un hombre a quien una mujer reclama la paternidad de su hijo. Él niega haberla conocido en la playa y haber sido presentado a sus suegros. Alega impotencia sexual. Niega la paternidad y hasta el hecho de llamarse Javier. Pero da detalles delatorios que demuestran la veracidad de las acusaciones que le imputan. Como haber comido paella, el parche de su puerta y otras referencias inequívocas: él es él.
Se trata de una canción de Los Toreros Muertos y se aplica muy bien a quienes tienen la costumbre de negar sus actos. Los que dicen no ser quienes son y no haber hecho lo que hicieron. Los niños pequeños se esconden cubriéndose la cara con la mano. En ese gesto se niega el mundo. Nada es ni está detrás de esa mano encubridora. Son niños.
Hay adultos que juegan a eso. Dicen cosas que luego son incapaces de sostener. Fingen demencia, saludan de abrazo, levantan las cejas y dicen “yo no fui”. Hasta lo creen.
Yo no me llamo Javier.
La banda surgió por coincidencia durante los años 80. Sus canciones son una broma surrealista. En “Mi agüita amarilla” hacen una crónica del recorrido de la micción. Desde su origen hasta la lluvia, una vez evaporada la sustancia, que riega la ciudad.
Se trata de una de las bandas emblemáticas del destape democrático de la España posfranquista.
Javier representa a los hipócritas, a los cobardes, a los traidores, a los irresponsables y a los cínicos.
Los versos no deciden su longitud, de octosílabos a duodecasílabos. La rima sin patrón revela los caprichos de una generación que quiso romper las costumbres, incluidas las líricas. No ofrece metáforas asombrosas ni otras figuras medianamente aceptables. Se trata más bien de una crónica versificada y en primera persona que describe el rechazo de la paternidad. En la falta de aspiración estética se encuentra su estética: cualquiera puede decir cualquier cosa.
Una generación sin responsabilidades ni obligaciones que en los 80 tenía veintitantos, ahora son abuelos y enarbolan la bandera de la evasión. Se contentan con cualquier empleo y saben que la familia es una circunstancia. Reniegan aún de las normas y abjuran de toda forma de compromiso.
Ese es Javier.
La estridencia de la canción llega al hartazgo. No dice nada. No ofrece esperanza ni plantea el porqué de los actos humanos cometidos.
Yo no me llamo Javier.

*Director académico del Colegio SuBiré. jvalenci@subire.mx