Primero la escuela

Luis Rodolfo Morán Quiroz*

Me topo con el hijo del jardinero del barrio. A diferencia de hace algunos años en que andaba con su padre, que lo cuidaba mientras arreglaba los jardines de los vecinos, ahora anda solo en una bicicleta. Lo saludo y le pregunto: “¿ya eres un muchacho grande de secundaria?” Me responde: “casi. Estoy en sexto. Pero ya quisiera estar en la preparatoria”. “¡Qué pronto! Luego vas a tener novia cuando seas así de grande”. “¡No! Primero está la escuela. Tengo que concentrarme y no distraerme con tener novia”.
Suena sensato, a pesar de las predicciones y diagnósticos en contra de algunos filósofos de afiladas mentes críticas que suponen que la preservación de la especie determina que los humanos se enamoren y reproduzacan en sus años de juventud, me quedo con la esperanza de que, llegado el momento, esa sensatez sirva para evitar una nueva familia demasiado joven y con escasa escolaridad.
Días después, platico con el mecánico de mi añoso Volkswagen. Me comenta que cuando era adolescente estudió un año de mecánica y que intentó estudiar la secundaria. Pero la falta de transporte público hacía exageradamente cansado salir del turno nocturno, tener que caminar más de una hora hasta su casa para llegar a la una de la mañana y luego levantarse de madrugada para ir trabajar. “Mi hermano sí aguantó y terminó ingeniería, igual que después mi hijo. Tienen bueno trabajos como ingenieros mecánicos los dos. Pero yo después de un año de esa rutina no pude seguir”.
Estas anécdotas muestran una vez más que en el imaginario de quienes poblamos este país la educación sigue siendo de primera importancia. Y que tiene prioridad sobre otros proyectos de vida. No siempre logramos mantenernos alejados de los otros proyectos, como se ve en el hecho de que es común contraer matrimonio, concebir hijos, tener múltiples trabajos en la misma época de nuestros años de formación.
Hay quienes quisieran que los logros en las otras áreas de su vida contaran como aprendizaje formal pues es innegable que han sido experiencias de aprendizaje. A veces son lecciones de lo que alguien no debió hacer o de lo que debió hacer años después. Como me comentó un colega universitario: “creo que de no haberme casado tan joven habría aprendido más sobre mi profesión. Haberme casado y tener hijos a esa edad no me dejó disfrutar suficientemente ni de la escuela ni de la familia. Veo a mis hijos solteros con proyectos profesionales que yo no pude ni imaginar por estar ocupado en mantenerlos”.
En todo caso, lo que la frase del hijo del jardinero deja de moraleja es que conviene pensar en qué orden se pueden abordar los proyectos y de qué manera el haber iniciado determinados cursos de vida nos permite o nos impide el seguir con otras aspiraciones. Ya sean de aprendizaje, de experiencias, profesionales, de trabajo, de familia o incluso espirituales.

*Doctor en Ciencias Sociales. Profesor del Departamento de Sociología del CUCSH de la UdeG. rmoranq@gmail.com