Ira, odio…

Jorge Valencia*

Ira es la emoción humana que brota con naturalidad a los cuarenta minutos de fila para la renovación de la licencia. En ese trance, no existe una sonrisa que no sea fingida ni un deseo que no sea malévolo. El calor se intensifica y las palabras soeces se obsequian como un recurso de catálogo.
La conquista de los pueblos se origina en el más hondo sentimiento de odio. Personas a quienes no les basta con tener la razón; quieren someter y arrasar. Hitler y sus amigos pretendieron imponer un principio y un orden. Su pecado no estriba en su falta de razón -que nunca la tuvieron- sino en la maquinación de un programa minucioso y genocida para imponerlo por la fuerza.
Siendo un pecado capital, la ira per se no es punitiva. Lo que se castiga es el acto ilegal que la ira estimula: zaherir a otro, atentar contra un tercero.
El sentimiento de odio es un sentimiento cualquiera provocado por una injusticia que no puede ser esclarecida. O aún esclarecida que no revira la asunción de lo inmerecido. Por lo tanto, el odio es una venganza interna, un sufrimiento que no puede ser aliviado excepto con el fracaso ajeno.
La ira puede disiparse con el tiempo, con el cambio de la situación. El odio, por el contrario, se alimenta de sí mismo y crece deprisa y busca nutrientes en la profundidad de su inquilino. Por eso dicen que daña y enferma a quien lo padece.
Odiar es maldecir. Anhelar lo malo. Esperar una consecuencia funesta. La ira es una emoción pasajera. Un iracundo es alguien cambiante: se enciende y se apaga con la misma espontaneidad. El odio es una trama organizada, una sucesión paciente. La ira no se esconde: muestra su esplendor. El odio se finge, se calcula y disimula.
La ira es un acto de destrucción, de gritos y de insultos. El odio produce obras duraderas. La muralla china se edificó bajo el estímulo del odio hacia los bárbaros: su mensaje es “aquí no eres bienvenido”. Ese mensaje tardó en codificarse dos mil años, desde la dinastía Qin (221-210 a.C.) hasta la Ming (1368-1644 d.C.).
Aunque el efecto de la ira y del odio puede ser el mismo (el perjuicio), su vigencia es diferente. El enojo se dulcifica y olvida. El odio goza de buena memoria. Aquiles mató a Héctor por ira. Los aqueos arrasaron a los troyanos obedeciendo a un sentimiento de odio.
Parientes de la ira son el enojo, la furia, la cólera; del odio, el rencor, la antipatía, la ojeriza. Trump despierta cólera; luego, antipatía y rencor. Finalmente, lástima.
La ira y el odio nos recuerdan que somos humanos. Que vivimos entre iguales. Que nada es perfecto. Que el perdón es una esencia medicinal sorbida a gotas de manera permanente. El mundo perfecto es aquel donde la convivencia es esporádica y excepcional y los otros no dañan la identidad más profunda de nadie. No existe ese mundo. Debemos educarnos para la indulgencia. Contentarnos con las estrellas, con mirarlas y soñar.

*Director académico del Colegio SuBiré. jvalenci@subire.mx