Calor

Jorge Valencia*

Nadie puede tomar una decisión inteligente a 30 grados centígrados. El problema de nuestro país es climático. Nos hace falta más aire acondicionado y menos políticos viscerales. Asombra la resignación de nuestro pueblo para hacer una vida bajo un calor como el que soportamos. Y decimos con orgullo que tenemos el mejor clima del mundo. ¡Como México no hay dos!
Podría ser peor. Hay países fundados en medio de desiertos. Civilizaciones que florecieron bajo condiciones más dramáticas: las altas temperaturas los obligaron a diseñar acueductos, aprovechar el mármol, construir edificios con patios intrincados y sombras de árboles generosos. En ese contexto instituyeron religiones, argumentaron teorías filosóficas, desarrollaron postulados científicos…
Nosotros, no. Bañado por dos océanos, México es privilegiado. El calor no nos agobia todo el año y eso es lo excepcional para nosotros: pasamos al menos cuatro meses maldiciendo al sol. Sudamos como marranos y nuestra piel se rebela a la intemperie con erupciones y alergias de temporada. Nunca logramos acostumbrarnos. Cuando al fin nos conformamos, irrumpen las primeras lluvias y, con ellas, el frío (o lo que consideramos frío). Olvidamos el asedio del calor hasta el año próximo.
Durante la época (de calor), nuestros intelectuales se quedan en estado de latencia. Carlos Fuentes se avecindaba en Inglaterra; escribía novelas y después del calor volvía a México a celebrarlo con fiestas privadas y entrevistas de cualquier tema. Nuestros científicos interrumpen sus investigaciones y las continúan después del verano. Los maestros, en cambio, sólo suspenden labores dos semanas y todos los “puentes” posibles de mayo. La Secretaría genera la conciencia de culpa entre el magisterio postergando las clases hasta mediados de julio.
Para compensar la deshidratación, inventamos aguas azucaradas de todas las frutas. No nos gusta el agua simple. Somos número uno en consumo de refrescos embotellados. Producimos nieve de alimentos raros: chongos zamoranos, fresas con crema, elote… Hasta el aguacate nos sirve para hacerlo paleta. El chamoy es un veneno gastrointestinal que saboreamos con fruición, sobre todo cuando está congelado.
Las ventanas sirven de poco. El calor se cocina afuera y se aferra al interior de las casas. El aire sólo sirve para acarrear polvo y enterregar los libreros. Si nos bañamos a mediodía, apenas salimos de la regadera ya estamos otra vez empapados en sudor.
Los incendios son el pan nuestro de cada día. Tal vez las chispas fortuitas, los descuidos de los paseantes o la premeditación de los fraccionadores resentidos provocan que las zonas boscosas se minimicen y desaparezcan. Llegará el día en que los arbustos serán sintéticos y los pájaros, de cerámica. Todo será pavimento y casas que nadie puede pagar.
Una decisión inteligente sería decretar invendibles los bosques. Pero a 30 grados centígrados, la voluntad de quienes lo deciden actúa bajo los protocolos de un zombi. Mientras se genere dinero, nadie protesta las decisiones. Ejidatarios, fraccionadores, ayuntamientos… La riqueza alcanza para hoy aunque el futuro se comprometa y amenace. Pronto, los pulmones serán producidos con plástico; la piel se podrá suplir por una membrana de poliuretano y las montañas se podrán apreciar en imágenes de internet, donde también aparecen venados y coyotes que alguien fotografió cuando aún no estaban extintos.
Celebramos el calor con la inmersión en albercas. Todos somos Chimulco.

*Director académico del Colegio SuBiré. jvalenci@subire.mx