El posgrado o la vida

Luis Rodolfo Morán Quiroz*

Hay algunas personas que han sido tan tenaces y se han concentrado tanto en sus estudios de posgrado que han recibido no solo su certificado de estudios, sino también el certificado de divorcio. En ocasiones, no una, sino dos veces. La primera, al terminar su posgrado y su relación con una pareja de juventud. La segunda, cuando su nueva pareja estudia el posgrado y es entonces cuando sólo recibe el certificado de divorcio y es su ahora expareja quien recibe el certificado de estudios.
La verdad es que estudiar un posgrado es cosa de tensión y de presión. De altas y de bajas. Y a quienes realizan estudios de posgrado que carezcan de esas montañas rusas de urgencias, depresiones, buenas y malas calificaciones, excelentes académicos y docentes represivos se les acusa de haber estudiado una maestría o un doctorado “patito” en una institución “de cochera”. Hay incluso a quienes se les desprecia su título de posgrado por haber salido del ámbito de su localidad y haberse atrevido a generar envidias entre sus colegas y compañeros de trabajo. No sólo por haber estudiado, sino por haberse ido lejos del hogar familiar y atreverse a estudiar en otro país o en otro idioma. Y hasta hablar, escribir, aprender, discutir, defender, argumentar, hacer amistades y unirse a redes profesionales en otros lenguajes especializados.
Hay quienes optan por concentrarse en unos estudios que les cambiarán la vida, a cambio de no haber tenido vida durante los años que dure el posgrado y la investigación de la tesis con la que se culminarán esas noches de quemarse las pestañas y roerse las entrañas. Se dice incluso que las actividades y los requisitos del posgrado están diseñados para que quienes pasen por ellos sufran tanto que sientan que, entonces sí, gracias a tanta sangre derramada, la letra ha entrado en su sesera y ellos se han convertido en dignos de portar un título nobiliario. Título que algunos utilizarán para torturar a las siguientes generaciones haciéndoles comprender que los nuevos han de sufrir tanto o más que los antiguos estudiantes.
Hay quienes se concentran en el posgrado con tanto ahínco que dejan de tener vida familiar, sexual, social, deportiva. Se sabe de casos en que quien estudia le responde a su cónyuge que no tiene tiempo ni para decidir cosas de la vida cotidiana del hogar y la descendencia. Ni siquiera para unas vacaciones ni para discutir hay tiempo: la energía y el tiempo se dedican a los cursos, las lecturas, la recopliación de información, las asesorías, las discusiones, las críticas destructivas recibidas y propinadas a otros. Y quienes pasan por estas amarguras y no logran culminar el posgrado, cuentan algunos, quedan con la vida amargada, con un intento fracasado de posgrado, con un matrimonio que culminó en divorcio y con una relación tirante con progenitores o descendencia.
El posgrado es una excelente oportunidad de aprendizaje. Para algunos ha sido una oportunidad de ingreso, pues se sabe de casos en que quienes terminan la licenciatra y buscan trabajo en instituciones académicas se dan cuenta que con el título de bachillerato contaban con más opciones laborales, aunque peor pagadas, y optan por conseguir una beca para estudiar un posgrado y mantenerse con vida hasta la siguiente oportunidad de ser rechazado en una institución académica que les reclame un doctorado o dos y una estancia posdoctoral o tres antes de ofrecerles un trabajo académico estable. Tristemente, se sabe de casos de algunos que no sólo dejan al amor de su vida, sino la vida misma en el intento. ¿No podrían las instituciones académicas diseñar estrategias para hacer de la experiencia del posgrado una más gozosa y menos penitencial? ¿Algo más cercano al cielo del aprendizaje significativo y colaborativo que del infierno de la competencia individualista?

*Doctor en Ciencias Sociales. Profesor del Departamento de Sociología del CUCSH de la UdeG. rmoranq@gmail.com