Crisis de nomenclaturas

Carlos Arturo Espadas Interián*

Hay procesos básicos que actualmente generan una dinámica transformadora para las universidades actuales. Entre ellos: 1) universidad-empleabilidad, 2) contenidos-metodologías.
Dentro de la universidad-empleabilidad, existe una serie de configuraciones que de manera concreta ejercen presión a las formas, programas y procesos de la escuela. Se debe generar una serie de estrategias que permitan ligar la universidad con el mercado laboral, al mismo tiempo, la universidad debe reconstruir sus funciones sustantivas, así por ejemplo, la investigación, cada vez más tiende a ser aplicada.
Con respecto a la empleabilidad Las nomenclaturas de las carreras se han transformado en una limitante para el mercado laboral. Actualmente se debe analizar la lógica de los créditos y certificaciones para determinar trayectos formativos a la carta a partir de lo que cada estudiante, zona y región va demandando. Los programas educativos que aunque históricamente no son rígidos, si representan la construcción de un proyecto a partir de las características propias de un momento específico producto de un estudio limitado por el tiempo y que a mediano o largo plazo se queda al margen de las necesidades de las empresas, sociedad e intereses de los estudiantes.
Así en el mundo global, la tendencia cada vez más clara es caminar hacia la desaparición de la lógica de las nomenclaturas –licenciatura en física, pedagogía y demás– para construir la lógica del aseguramiento de talentos –llámese como se vaya a llamar en su momento– específicos y supeditados ya no a una construcción institucional al margen de los estudiantes, sino a partir de los intereses de los estudiantes para responder a sus necesidades y perfeccionamiento de sus talentos.
De esta manera, la relación universidad-empleabilidad, revestirá una dinámica muy diferente a la que hemos estado acostumbrados, la dinámica ahora residirá en poder ofrecer cursos, talleres y capacitaciones específicas que en su conjunto formen un perfil de egreso ya no en función de una carrera específica, sino de un interés que podría tener cualquier nombre, así los diseñadores curriculares, desde esta lógica tendrían que generar análisis específicos a partir de categorías o áreas formativas desarrolladas de forma más o menos independientes y que en su conjunto –conjunto armado por cada estudiante– representaría una formación que tendría que ser certificada y esa certificación, sin lugar a dudas, tendría que tener una estructura diferente a un título, deberá expresar en términos descriptivos lo que el estudiante sabe hacer en concreto pero dar una idea clara de todo aquello que es capaz de hacer y lograr.
Sin lugar a dudas, esta dinámica generará en principio incertidumbres para las partes involucradas, sin embargo, si se concreta y consolida con el tiempo, se tendrá que atomizar aún más la lógica de la formación, el funcionamiento de las universidades tendrá que cambiar y las relaciones entre el sector empleador o receptor de egresados tendrán que ser más estrechas.
Los perfiles se diversificarán y estarán en función de las posibilidades que cada universidad pueda ofrecer, incluso, por qué no pensar en perfiles constituidos por distintas universidades a un mismo nivel, es decir, los procesos de movilidad serán aún más complejos.
Sin duda muchos son los retos para las universidades, profesores, estudiantes y entidades receptoras, si esta tendencia se concreta en el mundo, de tal forma que estaremos ante el inicio de una nueva configuración de los sistemas educativos que muy posiblemente inicie en el nivel superior.

*Profesor–investigador de la Universidad Pedagógica Nacional Unidad 113 de León, Gto. cespadas1812@gmail.com