Quedarse pelón

Jorge Valencia*

En contubernio con la edad, la virilidad tiene un costo: la calvicie. Como si el cabello fuera la nata que los años se encargan de bruñir en las cabezas de los hombres. Una frente amplia refiere el proceso de crecer; un coco liso, evidencia la masculinidad en declive.
Los médicos la definen como alopecia y la consideran un padecimiento que puede afectar a cualquiera, no importa longevidad ni género. Hay niños y mujeres que también la sufren debido a un excesivo nerviosismo, un impacto emocional abrumador o una constante exposición a sustancias perjudiciales para los folículos capilares. La quimioterapia, por ejemplo.
Principalmente, aflige a los hombres maduros y parece tener relación con los genes y con las preocupaciones insolubles.
La actualidad ha traído consigo la indulgencia hacia los pelones. A nadie le parece raro ver una nuca brillosa. Hoy, el peluquín resulta más escandaloso, digno de burla. Un calvo orgulloso es más tolerable que un greñudo postizo. Las mujeres han ampliado el espectro de sus afecciones: los pelones les parecen sensuales. En cada calvo hay una promesa erótica por cumplirse. Es el símbolo del macho, la némesis femenina. El varón demostrado.
Todo comienza por las consabidas “entradas”: las partes superiores de la frente cuyo pelo cede al peine. O la aureola de santo que asoma la mollera desabrigada. Son indicios inequívocos de que la calvicie no tarda en asomarse a la fiesta. El pánico asalta y los remedios caseros se sobrevienen en cascada… Todo es inútil. La calvicie es un destino. Aunque el padre y el abuelo hayan gozado de cabelleras espléndidas, el pelón lo es por capricho cósmico. Los astros confabulan para que a alguien se le caiga el pelo. En el fondo, no existen razones ni argumentos científicos. Se instala a sus anchas –la calvicie– sobre inquilinos desprevenidos y en el momento menos oportuno.
Posiblemente se trate de una mutación o de un azar evolutivo que convierte al calvo en un espécimen superdesarrollado. Como si el pelo fuera un obstáculo para la grandeza o un estorbo para la trascendencia. No sería lo mismo de Michael Jordan o el Papa si tuvieran una greña hirsuta. Su calvicie los convierte en seres confiables. Hombres que inspirarán a millones por distinta causa.
Quedarse pelón es una provocación a la ecuanimidad que cabe en un hombre. Como aceptar la cantidad de calor o la lluvia repentina. Uno puede protegerse pero no evitarlo. El cabello terminará en la coladera del baño o en el rastrillo de un peluquero.
La mejor actitud es afrontarlo con valentía. Acostumbrarse a ser El Pelón. Comprar gorras para los días de campo y afeitar los pocos rastros de necedad que aún se rebelan en la cabeza. Todo o nada. Las medias tintas resultan una postura cobarde, blanco irremediable de burlas y sobrenombres incómodos que sientan peor que la calvicie misma: el “foco”, la “bola de billar”, el “cabeza de rodilla”, por citar algunos. La resignación es la salida más decorosa.
Los egipcios se rapaban por higiene y luego se ensartaban pelucas. Julio Iglesias se injerta su propio pelo, cultivado en otra parte de la cabeza. Donald Trump se engrapa un estropajo (o eso parece)… Es inútil: todos saben que es pelo de ornato. Falsas cabelleras que adornan corazones blandengues. André Ágassi disipó una carrera brillante en el tenis cuando mostró al mundo su cabeza pelona. No porque resultara peor jugador (era muy bueno) sino porque dejó de ser la inspiración para sus fans: nadie pudo volver a creer en alguien que los engañó tanto tiempo. Los cínicos no son el canon de nada. Tarde o temprano resulta más loable la honestidad de un calvo que el encanto de un mentiroso con cabello de Daniela Romo.

*Director académico del Colegio SuBiré. jvalenci@subire.mx