Nuestros chiquillos son caros y contaminantes

Luis Rodolfo Morán Quiroz*

Las queremos, nos preocupan, queremos lo mejor para ellas, pero hay que admitirlo: las nuevas generaciones resultan costosas y además contaminan el ambiente. Y lo vemos los últimos viernes del mes, cuando muchas escuelas realizan consejos escolares, en cónclaves de directivos y docentes sin la presencia de estudiantes. Las calles y avenidas de nuestras ciudades lucen mucho menos atestadas. Las calles que el resto de la semana y del mes lucieron llenas de vehículos con conductoras y conductores cuyos rostros y comportamientos reflejan las prisas por llevar a los chamacos a la escuela, esos viernes lucen mucho más desahogadas. Los ruidos de los motores y de los cláxons es mucho menor, la tensión por alcanzar el verde del semáforo, la cantidad de choques, las caras irritadas de quienes conducen, todo eso disminuye notablemente.
No es que los estudiantes de las escuelas sean directamente culpables de que se generen ruidos y se lancen gases tóxicos a la atmósfera de nuestras ciudades dotadas de escuelas. Pero la necesidad de que lleguen a la escuela a la hora en que para casi todas las instituciones de educación básica y media básica es la de entrada, y de que regresen a sus casas a tiempo para comer, genera una gran cantidad de conflictos viales, de irritación, de ansiedad, de contaminación auditiva y atmosférica. Siendo justos, mucha de esa contaminación no es culpa de los estudiantes de nuestras escuelas. Es resultado de un ambiente urbano inadecuadamente diseñado. No existen en nuestro país sistemas colectivos de transporte de estudiantes. Ni siquiera existen planes para transportar a los docentes a las escuelas. Tampoco hay transporte colectivo adecuado para trasladar a los padres y maestros de esos niños a sus trabajos, ni de regreso a sus hogares.
Así que en vez de un autobús con cincuenta niños y un chofer y quizá un asistente, solemos encontrarnos con cuarenta vehículos ocupados por uno, dos o tres niños, con algún adulto que llegará tarde a su trabajo y que tiene la ansiedad de que los chamacos también lleguen a tiempo a su escuela. Porque si los niños no llegan a tiempo, ¿entonces quién los cuidará en las casas de dos progenitores que trabajan? ¿Habrá que llevarlos al trabajo del padre o de la madre, como sucede los viernes en que hay consejo escolar?
Además de toda la contaminación que representa esa gran cantidad de vehículos que se utilizan para llevar a los niños a las escuelas y regresarlos a sus casas, los niños exigen cada vez más juguetes electrónicos que acaban por contaminar, una vez terminada su vida útil (la de los aparatos electrónicos, no la de los niños) aun más nuestro ya sufrido entorno. Nuestros hijos y estudiantes requieren además llevar un refrigerio, lo que genera aun más contaminación por los envases y bolsas que se utilizan, no se diga cuando los alimentos contienen un exceso de sal, de azúcar, de carbohidratos, de gluten y de otras lindezas de cuestionable valor nutritivo. No sólo cuestan esos productos del refrigerio, sino que a eso hay que sumar el costo en atención a la salud que causarán por el deterioro futuro de la salud de nuestros niños. Que se convertirán en obesos, diabéticos, sedentarios. Con escaso tiempo para caminar, porque casi todos se ven obligados a ir en vehículo de motor para llegar a tiempo, porque son escasos los que pueden ir en bicicleta o a pie dadas las condiciones del tráfico y lo peligroso que resulta cruzar las atestadas calles y avenidas. Con escaso tiempo para practicar deportes y con escaso margen de atención a algo que no sea una costosa pantalla electrónica.

*Doctor en Ciencias Sociales. Profesor del Departamento de Sociología del CUCSH de la UdeG. rmoranq@gmail.com