Por un plan general para mejorar la convivencia al interior de las escuelas

Miguel Ángel Pérez Reynoso*

Los testimonios son alarmantes, desgarradores, crudos, desafiantes. “Me jubilo porque ya no aguanto a los muchachos, ya no se qué hacer con ellos”, “los chicos de hoy nos retan, ya no obedecen”, “es muy cansado estar aquí cuando sabes que tu trabajo nadie lo valora”, “los niños pequeños hay vienen con otro chip, ya nadie los controla, en su casa hacen lo que quieren y a nosotras nos dejan la tarea de corregir lo que en casa nunca se previno”, “la verdad ahora los problemas de violencia en las escuelas son muy alarmantes, nunca me pudiera imaginar que un niño quisiera hacerle daño a sus compañeros con toda la mala intención hasta de desaparecerlos de este mundo” […].
Los testimonios son muchos y podríamos seguir con ellos, asistimos ante un escenario social, que está cuestionando y rebasando el dispositivo pedagógico de las escuelas. Los jóvenes de secundaria y de bachillerato no le encuentran sentido al hecho de asistir a las escuelas tienen mucho más sentido las redes sociales la conexión interminable con el celular y otros dispositivo electrónicos, los niños y niñas de preescolar evidencian este “nerviosísimo” por sentirse solos o abandonados. La configuración familiar está cambiando y en automático el desarrollo humano también. Las figuras que eran de autoridad y que servía para generar modelos ya no lo son más, la impulsividad infantil y juvenil reclama y demanda mejores formas de convivencia al interior de las escuelas y un trato diferente. Incluso este nuevo verbo tan extraño “me hiciste bullying, bullingear” se ha instalado poderosamente en las formas de expresarse en nuestro entorno.
Requerimos un plan global para mejorar la convivencia al interior de las escuelas, sabemos perfectamente qué hay que cambiar y por qué, sabemos la dimensión del problema y sus riesgos, sabemos quiénes son los sujetos que protagonizan el clima de tensión con otros sujetos, sabemos también en dónde se encuentran los focos y las áreas en riesgo, lo que no sabemos muy bien es qué hacer y cómo hacerlo. El problema nos está rebasando.
En su gran mayoría las escuela han quedado a la zaga en cuanto a su dispositivo disciplinar, ya no sabemos que sea mejor si endurecer la disciplina, a partir de extremar el control y hacer más larga la lista de sanciones, o de flexibilizar el clima escolar de convivencia a partir de permitir y ser permisivos dando lugar a que los sujetos asuman las consecuencias de lo que se hace.
Es necesario que las propuestas de los maestros y maestras se incluyan en un ambicioso plan de acción para mejorar la convivencia. El 80% de los trabajos de tesis o de las opciones para la titulación están en este rubro y el problema sigue.
Me parece que una medida sencilla y eficiente es abrir la agenda y que todos los sujetos de cada escuela se involucren con propuestas y se comprometan en su cumplimiento. Es necesario educar para la auto-regulación y el auto-control pero ello se logra solamente a partir de haber pasado por otras etapas y otras crisis. Junto a lo anterior se requieren nuevas formas de asumir la autoridad en las escuelas, en donde no es ni la firmeza ni la ligereza en sus disposiciones, lo que la hará exitosa la nueva propuesta es la congruencia entre los decires con los haceres. En ello no se debe ser in-flexible, sino el problema nos seguirá rebasado por todas partes.

*Doctor en educación. Profesor–investigador de la Unidad 141 de la UPN. Correo mipreynoso@yahoo.com.mx