Alegría

Jorge Valencia*

La alegría es un sentimiento jubiloso que nos mueve a sonreír, brincar, cantar…; es decir, manifestarlo. Porque la alegría no se conforma con sentirla, además hay que expresarla, gritarla, hacerla saber a todos.
Se asocia con aspectos bondadosos que tienen conexión con el regocijo espiritual y la pureza del alma. Nadie con una alegría profunda es capaz de cometer un acto perverso. Por eso la gente enamorada parece tonta. El mundo se percibe como un lugar seguro, digno de vivirse y disfrutarse. Las flores huelen bien, el sol fulge esplendoroso, la civilización humana resulta confiable.
En un corazón contento no cabe la envidia. Agradece el éxito ajeno. Pretende la paz y el afecto. La compasión se vive con la convicción de un requisito.
La alegría encuentra también sus detractores, que son muchos. Prolifera entre los desposeídos de toda esperanza. Porque si bien no le cabe la envidia, la alegría ajena se pretende con la misma intensidad con que se obtiene. Quien no la posee, la desea; la acecha con la constancia de un depredador. Quien sí la posee, se distrae; la ofrece con la ingenuidad de un niño, como se ofrece una mano cariñosa.
Están los que se alimentan de la alegría. Los alegrófagos son piratas, oportunistas y crueles, y surcan los mares del mundo con cañones de inquina preparados para secuestrar la dicha forastera. Así ganada, la alegría se desinfla y se hace amarilla; se llena de lama y poco a poco apesta como el agua estancada de las coladeras. No se trata de alegría sino de un espejismo. Resolana de dicha que no entusiasma ni se hincha. Es un apéndice reducido a despojos. Como el quetzal, si no es libre expira y se convierte en rencor. Las malas almas están repletas de resentimiento y no hay alegría que les quepa.
Elige –la alegría– en quién proliferar. Aterriza y se difunde como la hiedra. Cuando la arrancan, aparece espontánea, sin origen, causa ni motivo. Alcanza alturas extremas y anchuras totales. Se contagia y difunde. Basta con un alegre para abarcar una cuadra, una ciudad, un continente. La alegría cruza barreras, sube y baja y atraviesa ríos y mares y desiertos y rodea la tierra y llega por el otro extremo. Con un solo alegre se justifica la historia de El Hombre.
Cuando dos alegrías se funden, existe una perfección absoluta, una concepción del ser que contiene la totalidad multiplicada de ambos para formar a un tercero que no es uno ni dos sino tres. En la fe católica se considera un misterio y tiene que ver con la esencia de Dios.
El reverso de la alegría es la tristeza. La tristeza es una alegría contraria. Busca la soledad y el retraimiento y provoca enfermedad y muerte. En cambio, no hay alegre que padezca achaques. A los tristes les duele el pecho; asisten al médico, se sacan análisis de sangre. Se enjutan y habitan en las sombras. Los alegres no caben por las puertas; entran por las ventanas y bailan. Los tristes los miran con pena y escriben poesía. Los alegres todo lo olvidan, hasta que fueron tristes y un día volverán a serlo. Los tristes, todo recuerdan: que un día bailaron y entraron a su casa por la ventana… Y eso los hace más tristes.
La alegría es una convicción. Unas ganas de ser. Un contento ante lo tenido y una satisfacción inquebrantable por caminar sobre el mundo.
Principalmente, es efímera. Definitoriamente pasajera.

*Director académico del Colegio SuBiré. jvalenci@subire.mx