Mujeres

Jorge Valencia*

En el Día Internacional de la Mujer cabe la pregunta de por qué el género es motivo de festejo.
La respuesta tiene que ver con tantos siglos de maltrato propinado por quienes son genéticamente más fuertes y culturalmente menos perseguidos.
La concepción de la mujer como incubadora de hijos y responsable del cuidado de la casa sólo ha despertado discusiones desde hace un siglo. Cuesta trabajo imaginar un debate en el Congreso donde el tema fue la conveniencia de la concesión del voto femenino, la igualdad de género y la adquisición de la ciudadanía a quienes reducían su existencia a engordar, hacer tortillas y criar niños.
En la segunda década del siglo XXI todavía hay que argumentar el porqué.
La culpa es de Eva, quien según la tradición judeocristiana es origen de los males de la humanidad. También cuesta trabajo creer que bajo este argumento las mujeres fueron condenadas a posiciones perjudiciales dentro de la estructura social. Sólo la necesidad de la fuerza laboral les abrió las puertas de sus casas mientras los hombres de Europa y EE.UU. se morían durante las guerras mundiales.
Salvo la anatomía, no existe una razón inteligente para hacer un distingo. Hoy en día, las mujeres tienen acceso a las mismas posibilidades laborales, mercantiles o sociales que los hombres. Cuando menos en Occidente. Pero aún en Occidente, una mujer no puede ser Papa ni ministro de la religión con más adeptos. No todos los países han sido aún gobernados por una presidenta ni son las generalas supremas de ningún ejército importante. O no se sabe de ninguna mujer que lo haya sido. Pocas son directoras de las empresas más significativas. Ninguna ha sido árbitra de futbol de la final de una copa del mundo ni se reconoce a alguna como la arquitecta de una obra trascendente.
Oficios que registran influencia considerable de mujeres son el de bailarina, cantante o actriz, áreas artísticas donde han podido ejercer una profesión sin ser objeto de acoso ni maltrato. Famosas o no, también han destacado como monjas, enfermeras, maestras y científicas. Diseñadoras de moda, fotógrafas, cineastas, publicistas, locutoras… Donde han podido influir con opiniones audaces y puntos de vista novedosos.
En la actualidad, no parece necesario tener que demostrar que son capaces de desempeñar con éxito casi ninguna actividad. Los estereotipos son cosa de necios, fundamentalistas e ignorantes. O bien, de las propias mujeres a quienes les favorece perpetuar una supuesta debilidad, necesidad de protección y patrocinio de caprichos. Algunas saben sacar partido a esta manipulación. El mote de “mosquita muerta” brinda el camuflaje perfecto y les concede la suficiente libertad para aprovechar las situaciones a su favor.
En general, para quienes han superado los prejuicios, la igualdad de género es condición para una convivencia feliz. Un estado donde celebrar ser hombre o mujer resulta un festejo sin fundamento; por el contrario, parece una forma de acentuar la inequidad.

*Director académico del Colegio SuBiré. jvalenci@subire.mx