“Te vas a caer, ¿eh?”: de tutorías y otros asuntos prácticos por aprender

Luis Rodolfo Morán Quiroz*

Se lo advierte la mamá a la hija mientras la primera camina lenta sobre la banqueta y su chamaca corre por los prados y entre plantas, troncos, rocas y tapas de registro: “te vas a caer, ¿eh?”. La preocupación se refleja en la cara de la progenitora, mientras que el rostro de la pequeña sólo muestra que se está diviertiendo. Tarde o temprano la niña caerá, sino es hoy, será otro día, sino es aquí, será más allá o al regreso. Y el aprendizaje no es necesariamente a no correr para no caer, sino en otros sentidos: saber caer para que el daño y el dolor no sean de consideración; levantarse pronto y de buen humor; anticipar lo que se puede saltar sin romperse la crisma y lo que requiere de un poco más de práctica.
En buena parte, el papel del tutor en la escuela es similar. No se trata de evitar que los estudiantes aprendan ni de que escapen de los cursos en los que los docentes son más exigentes o las actividades más agotadoras o complejas. Quien funge como tutora o tutor académico de los estudiantes está ahí para advertir que el estudiante “se va a caer” en sentido figurado y que deberá aprender estrategias para que la caída no sea cosa de lamentarse, sino de experimentar como parte del entrenamiento para volver a levantarse sano y de buen humor.
Desafortunadamente, las relaciones de tutoría en las universidades, tanto públicas como privadas, suelen ser bastante inciertas. Sucede que hay tutores de grupo que conocen poco a los estudiantes que conforman su “clientela” mientras que los alumnos han tenido escasa relación con sus tutores porque no los han tenido todavía en cursos en el aula. Así que esa relación, que se espera de confianza, tarda mucho en desarrollarse o simplemente no se genera. En muchos casos, se desperdicia la oportunidad de que los docentes conozcamos mejor las necesidades, inquietudes, gustos, aspiraciones de los estudiantes, mientras que los estudiantes no alcanzan a captar la manera en que podrían explotar la experiencia, las vivencias, las andanzas de los docentes.
Y no sólo en las relaciones de tutoría formalmente establecidas, con citas y registro de actividades si se quiere, sino en otros asuntos prácticos. Son pocas las ocasiones en que los estudiantes que están a punto de iniciar su protocolo o su investigación de tesis, o que realizan los trámites para titularse, tienen oportunidad de interactuar con otros estudiantes que hayan atravesado por esos trances. El hecho de establecer oportunidades regulares, anticipadas, conciliables en tiempo y espacio entre distintos estudiantes podría reducir los padecimientos de otros estudiantes que les siguen.
Por desgracia, en las universidades, sean públicas o privadas, contamos con pocas oportunidades para sistematizar estos aprendizajes que, de tan prácticos, no hemos sabido cómo sistematizarlos y organizarlos en una secuencia y en guías de acción que reduzcan las pérdidas de tiempo, los descalabros y las frustraciones y a la vez multipliquen los casos de éxito. ¿Cómo asegurar que lo aprendido en caminos que se caracetrizan por haber sido recorridos por otros sin mapa, sin brújula y sin guía se pueda transmitir a otros que recién llegan a la universidad o que están por titularse o por tramitar su ingreso a algún posgrado por primera vez?

*Doctor en Ciencias Sociales. Profesor del Departamento de Sociología del CUCSH de la UdeG. rmoranq@gmail.com